Los que nos dedicamos a tocar un instrumento estamos acostumbrados a
seguir una partitura y a reproducir lo que está escrito en ella según
los conocimientos que tenemos acerca del estilo y siguiendo nuestro
gusto personal. Pero esta palabra —reproducir— no es correcta,
puesto que en la partitura solo está recogida una parte de la
información necesaria para transmitir al público las ideas del
compositor y poder ofrecerle la obra en toda su riqueza. Por muy
detallada que sea una partitura es imposible que en ella se recojan
todas las variables que influyen en el sonido, fraseo, carácter,
intensidad y otros aspectos que, combinados, conforman la obra musical.
El
grado de concreción de la música escrita ha ido cambiando a lo largo de
la historia desde el barroco, en el que aspectos como la articulación y
la dinámica quedaban casi por completo en manos del intérprete salvo
escasas indicaciones al respecto —por no hablar de la libertad en la
ornamentación—, pasando por el clasicismo y el romanticismo en los que
las intenciones del compositor se indicaban progresivamente con más
concreción, hasta llegar a los siglos XX y XXI, en los que la mayoría de
autores han ido detallando de manera cada vez más exhaustiva la forma
en que la obra debe ser interpretada. Pero aún en este último caso sigue
siendo importante la labor del instrumentista para precisamente interpretar —ésta es la palabra clave— las indicaciones del compositor.
Ocurre
algo parecido al leer un texto escrito: aunque se respete la
pronunciación de las palabras, su acentuación y los signos de
puntuación, será muy difícil hacer una correcta lectura del mismo si no
se conoce bien el idioma, su entonación y el ritmo natural de la lengua
hablada. Se puede llegar a reproducir el mensaje, pero
perdiendo gran parte de su expresividad y capacidad comunicativa, como
ocurre por ejemplo con las voces sintetizadas de un GPS. Siendo la
música un lenguaje que busca precisamente transmitir emociones, resulta
evidente la necesidad de ir más allá de lo escrito en la partitura y
utilizarlo para conseguir un resultado verdaderamente interesante.
La
codificación por escrito de la música es aún más compleja que la del
lenguaje hablado puesto que intervienen más factores que en ésta, como
la velocidad, la pronunciación de las notas y su articulación, el tipo
de sonoridad, el volumen, la relación con los demás instrumentos, la
intensidad expresiva o la relación entre las frases y de éstas con el
contexto completo de la obra, que no siempre es posible indicar con
detalle. Es aquí donde interviene la capacidad del instrumentista como intérprete, y no como simple reproductor.
Un
problema es que al iniciarse con el instrumento casi siempre se parte
de la lectura de la partitura, muchas veces sin haber escuchado la pieza
previamente, en un proceso inverso al del lenguaje hablado: mientras
que en éste primero se aprende a hablar y después a recoger por escrito
las palabras, muchas veces se aprende a leer el texto musical antes de
tener una idea de cómo suena la música. Es como si intentáramos aprender
un nuevo idioma leyendo un texto si haber escuchado una sola palabra en
esa lengua, aprendiendo la pronunciación y la gramática sin prestar
atención al significado.
Es cierto que con el tiempo y la
experiencia se va educando el oído y que cada nueva partitura adquiere
forma en la mente del intérprete al compararla de forma inconsciente con
otras similares, pero suele quedar una dependencia, un cierto temor a
experimentar y trascender el texto para hacer una interpretación libre
del mismo, que es lo que en definitiva pretendía el compositor.
Aunque
al estudiar una obra es fundamental respetar el texto, aún es más
importante saber utilizarlo para crear algo interesante que transmitir
al público. Sin contradecir ni corregir lo expresamente escrito por el
compositor se debe explorar todo el abanico de posibilidades que ofrece
la partitura para construir una interpretación coherente y personal.
Tomemos como ejemplo dos obras bien conocidas: la Fantasía nº2 de G.Ph.
Telemann y la Romanza nº1 de Robert Schumann.
Esto es lo que Telemann dejó escrito:
Como vemos, no hay ninguna indicación acerca de la articulación ni de separación entre las frases, y solo están marcados los tempi de los movimientos (Grave, Vivace, Adagio y Allegro) y algunas dinámicas en el segundo:
Es evidente que limitándose estrictamente a lo escrito en este texto,
como haría un ordenador, es imposible crear algo que emocione, pero
analizándolo con algo más de profundidad e interpretándolo con libertad
aún dentro de las convenciones de la época se puede llegar a resultados
interesantes. Veamos tres ejemplos con distintos grados de libertad con
respecto a la partitura:
Una obra, a mi juicio, especialmente incomprendida son las Tres Romanzas
Op. 94 de Robert Schumann. Es habitual encontrarlas en las
programaciones de los primeros cursos del grado profesional del conservatorio . A fin de cuentas, no son más que unas “piececitas” cortas a velocidad moderada en negras y corcheas…
La indicación de tempo (Nicht
Schnell-No Rápido) no nos indica con precisión la velocidad de la
obra —lo que podemos aprovechar para tomar nuestras propias decisiones—
pero sí su carácter tranquilo. Si, por otra parte, observamos la forma
de canción de la pieza y sabemos que Robert Schumann la compuso para su
mujer, Clara Wieck, tendremos más pistas acerca cómo interpretarla.
También debemos observar la relación del oboe con el piano y cómo se
compenetran para hacer de ésta una auténtica obra de música de cámara.
No
es posible detallar pormenorizadamente en la partitura todos estos
aspectos y otros muchos que se encuentran implícitos en esta música, por
eso es importante investigar, probar diferentes opciones y crear una
interpretación personal, que probablemente irá variando con los años. Es
evidente que este proceso precisa de una cierta madurez, por eso decía
más arriba que es una obra incomprendida: está muy bien conocerla en el
grado profesional, pero no es hasta más adelante cuando se puede hacer
el trabajo completo que la obra requiere.
Veamos un par de
ejemplos de interpretación de las Romanzas y fijémonos en la libertad
con que estos intérpretes emplean el tempo, el rubato y la dinámica mucho más allá de lo que dice la partitura:
Al tocar debemos ser como un actor de teatro que no se limita a leer
el texto en el escenario, sino que lo interpreta y crea su personaje a
partir de aquel. En resumen, experimentemos, tomemos decisiones y
pensemos siempre en dar un sentido musical a aquello que leemos en la
partitura.
La partitura es solo la forma en que están
representados los sonidos de una forma más o menos precisa. Es
fundamental respetarla, pero la música está un paso más allá.




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